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¿Qué comía la Reina Isabel II? Este era el menú que la monarca británica comía

Aquí un recuento de lo que la reina Isabel II solía comer en vida; un menú muy sencillo y propio de su personalidad.

Hoy falleció la Reina Isabel II en el Castillo de Balmoral, su residencia de verano ubicada en Escocia. Y para recordar su legado, su vida y su importante aportación a la historia mundial, hacemos un pequeño recuento de lo que disfrutaba en vida.

Apenas en junio, cumplía 70 años de reinado, su jubileo de platino. Durante todo ese tiempo, llevó una agenda compleja y apretada, con todo tipo de eventos diplomáticos que le tomaron varias horas de reunión, viajes y protocolos; sin embargo, la monarca nunca descuidó su alimentación y cumplió estrictamente con sus horarios de comida.

La Reina Isabel II contó con los mejores chefs de Reino Unido para prepararle cualquier delicia culinaria que se le antojara, pero, según reveló a la prensa su exchef privado, Darren McGrady, la reina no era una foodie; «comía para vivir» y a menudo elige platos bastante sencillos.

McGrady añadió que en el palacio de Buckingham realizaron un libro con las propuestas de menú que enviaban a la reina para que escogiera los platos que quisiera. Luego, el libro volvía a la cocina y el chef junto con los cocineros se ponía manos a la obra. Los menús de la reina se solían preparar con tres o más días de antelación y ella se apega a estos de forma rigurosa.

¿Qué era lo que prefería la reina durante sus tres comidas?

Durante el desayuno…

Según McGrady, a la reina le encantaban los huevos revueltos con salmón ahumado y una ralladura de trufa. Pero solía ser demasiado moderada a la hora de pedir trufas frescas y solo las disfrutaba en Navidad, cuando se las envían como regalo. La mayoría de los días elegía un cereal normal de súpermercado como Special K con fruta fresca.

En una entrevista, el chef le dijo al diario británico Telegraph que normalmente ella misma se lo servía del tupperware en el que estaba almacenado “para mantenerlo fresco”. Después de todo, ella era un ser humano como cualquiera de nosotros.

Para el almuerzo…

Entre semana, un almuerzo de trabajo para la reina a usualmente incluía algo simple, como pescado con verduras. El chef McGrady dijo que le gustaba comer lenguado de Dover a la parrilla con espinacas marchitas o calabacines o un simple pollo a la parrilla con ensalada. Owen Hodgson, exchef del palacio que trabajó en la cocina de la reina a principios de los noventa, dijo que los sándwiches de atún también son los favoritos a la hora del almuerzo, detallando cómo se servía esta sencilla elección, que incluía siempre untar el pan con mantequilla por ambos lados y cortarlos en ocho triángulos idénticos.

Los domingos, en cambio, disfruta de un asado y siempre elegía la carne en término bien cocido, en lugar de un trozo más crudo.

En la hora del té…

Prácticamente sería ilógico que esta tradición británica no fuera dirigida por la propia monarca. Según se informa, la reina tomaba té todos los días y siempre lo acompañaba con una impresionante variedad de canapés: minisándwiches de pepino, huevo y mayonesa o de salmón ahumado y sin orillas, que se servían junto con jam pennies —pequeños sándwiches de mermelada de frambuesa cortados en círculos del tamaño de un centavo—. Los pasteles incluía pastel de chocolate, pastel de miel y crema, jengibre y fruta, así como bollos, galletas marca Rich Tea.

Finalmente la cena…

McGrady reveló que mientras él trabajó como chef de la reina jamás hubo ajo en el menú. Odiaba su olor y su sabor. En cambio, sus cenas solían a incluir comida de finca; aves de caza, faisanes, urogallos, perdices, todas esas aves exóticas a ella le encantaba que estuvieran en el menú.

Para el pudín, la reina siempre es partidaria de algo con chocolate. Le fascinaba; su favorito era el de chocolate amargo. Cuanto más oscuro, mejor.

Lo que más amaba…

El platillo favorito de la reina Isabel II solían los filetes gaélicos —filetes de res y salsa de champiñones—. De acuerdo con McGrady, los filetes se salteaban con mantequilla y champiñones —los trozos de carne debían de estar chamuscados—; posteriormente se dejaban reposar.

Una vez que se alcanzaba su punto, se flameaban en una sartén con un poco de whisky. Tras quedar bien cocidos, los champiñones se vertían en la grasa que quedaba de la carne y se agregaba salsa Worcestershire.

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